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Tarjetas de visita: Historia y curiosidades

Ocurre con frecuencia que las cosas que conocemos desde que tenemos memoria las interiorizamos de tal manera que apenas nos hacemos preguntas sobre ellas. Ejemplos hay a miles, y uno de ellos es la razón del nombre de las tarjetas de visita.

¿Por qué se llaman así?

Su nombre es curioso y tiene tras él una historia que lo justifica y que ha ido reforzándose con el paso no ya de los años, sino de los siglos. En el s. XV, durante el dominio de la dinastía Ming en China, unos emisarios se encargaban de entregar unas tarjetas para anticipar a los habitantes de las poblaciones la llegada del emperador. De esta manera, hombres, mujeres y niños eran advertidos con la suficiente antelación para preparar el recibimiento.

El amor por lo protocolario en China fue el comienzo y lo que les otorgó su nombre. No deja de ser llamativo que por mucho que hayan cambiado su función sigan nombrándose así. Aún hoy en día, hay que tener en cuenta que para ellos es asunto muy importante y no se puede entregar o recibir una tarjeta sin cumplir unas determinadas normas, especialmente para aquellos que quieran mantener una relación de negocios con el gigante asiático (entregarlas y recogerlas con las dos manos, no guardarlas en un bolsillo por debajo de la cintura…). Esta liturgia es extensible a Japón y otros países asiáticos.

La aristocracia europea

Todo parece indicar que llegaron a Francia durante el siglo XVI de la mano de la aristocracia más próxima a Francisco I. En el XVII, en la corte de Luis XIV, también fueron muy utilizadas bajo la denominación de “Carte de Visite”. A pesar de todo, su uso no puede considerarse como extendido entre las clases altas hasta el siglo XVIII. Eran consideradas como un auténtico símbolo de distinción, las clases menos pudientes no podían acceder a ellas sencillamente porque no tenían recursos económicos y, además, porque para ellos carecían de sentido y eran vistas como una excentricidad más de la nobleza.

En el país galo continuaron con la función de anunciar una visita, con lo que el nombre seguía siendo válido. Cuando un aristócrata quería ver a otro, pasaba por su casa y le dejaba a su personal de servicio una tarjeta suya. Cosa arriesgada, porque podían suceder una de estas 3 cosas:

1.- Que le devolvieran la tarjeta dentro de un sobre.

2.- Que no hubiese ningún tipo de contestación.

3.- Que le hiciesen llegar a su casa la tarjeta de visita de la familia “visitable”

Como es de imaginar, las dos primeras opciones dejaban en no demasiado buen lugar al primero que entregó el papel con sus credenciales. La tercera era una especie de visto bueno.

El XIX y la burguesía naciente

La llegada de la Revolución Industrial y con ella la aparición de una nueva clase social, la burguesía, amplió su uso. Como en otras tantas cosas, los “nuevos ricos” imitaron la costumbre aristocrática de tener sus propias tarjetas personalizadas. De esta manera, siguieron sirviendo como signo distintivo. Ellos ya no pertenecían al pueblo llano y había que hacerlo notar.

Pero lo cierto es que pasaron a tener nuevos cometidos y, en cierta manera, se reinventaron. Los burgueses se cuidaban mucho de que figurasen sus títulos civiles o cargos militares bajo sus nombres.

No puede entenderse la importancia que tuvieron en esta época sin considerar que el ocio principal de esta clase social era reunirse los unos con los otros. Sirvieron, pues, como una especie de "red social" en la que cada familia tenía sus propios “seguidores”, si se permite esta comparación.

Llegó incluso a crearse todo un lenguaje en torno a ellas utilizando las esquinas. En la imagen vemos los significados de este curioso código.

Se creó todo un lenguaje en torno a las tarjetas.

Si se doblaba la esquina superior izquierda significaba "despedida"; la superior derecha, "visita";
la inferior izquierda, "felicitación"; la inferior derecha, "pésame". Si la doblez abarcaba la parte izquierda, "entierro"

La tarjeta con retrato

En el año 1854, el fotógrafo francés Andrè Eugène Didèri patentó una curiosa técnica que consistía en imprimir de ocho a doce fotografías en un solo papel. Puede parecer increíble, pero fue una auténtica revolución. Estas imágenes, de unas medidas de 6 x 9 cm, se convirtieron rápidamente en las nuevas tarjetas, en las que su propietario no informaba únicamente de su nombre y sus cargos, sino que mostraba su propia imagen con diferentes poses. Fue entonces cuando dieron el gran salto al continente americano.

A finales del XIX (1863) la empresa inglesa Windsor & Bridge Co. amplió un poco su tamaño pasando a estandarizarse en 10 x 15 centímetros, que es lo que actualmente mide una postal tipo. El cambio de formato supuso también un cambio en su nombre: tarjetas álbum.

Didèri, que patentó el sistema de impresión de múltiples fotografías en una hoja, acabó arruinado y terminó muriendo en la más extrema pobreza en un hospital benéfico.

Fotografía de una tarjeta de retratos de Didèri.

Imagen de una "tarjeta retrato" de Andrè Eugène Didèri hecha en 1860.
La fotografía pertenece actualmente a la Universidad de Texas.

Siglo XX, cambio de usos y costumbres

El fin del XIX fue también el final de esos encuentros sociales de cumplido y, poco a poco, terminó por convertirse en tal y como la conocemos hoy en día. Sin embargo, cabe destacar que, especialmente en los dos primeros tercios del siglo XX, fueron muy empleadas para comunicar mensajes cortos, para dar el pésame por una muerte, felicitar un cumpleaños o dar una breve noticia sobre algún acontecimiento reseñable. En ocasiones, en lugar de insertarla en un sobre, se envolvía en papel y se franqueaba con un sello, llegándole al destinatario por correo.

Actualmente sigue teniendo vigencia su uso. Naturalmente ha experimentado una notable evolución y se imprime en infinidad de papeles distintos, de formatos diferentes y con diseños que en nada obedecen a un protocolo pre-establecido. Y aunque la esencia sigue siendo la misma y el nombre de tarjeta de visita sigue siendo el más común, es posible referirse a ella de distintas maneras: tarjeta comercial, personal, de empresa, de contacto, de trabajo, de presentación…

Hoy en día la oferta es enorme. Son baratas en comparación con otros productos de imprenta (aunque, como en todo, el precio dependerá de acabados, materias primas…) y pueden ser personalizadas prácticamente de cualquier manera y sobre casi cualquier tipo de material (papel, plástico, madera…). Y, por supuesto, desde la llegada de Internet existe una nueva clase: las tarjetas online. La pregunta es si las tradicionales acabarán siendo desbancadas por las digitales.