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"4 Relatos buscan 4 Ilustraciones": Los Martes Vegetales RSS

© La Gran Imprenta Online, 16 de octubre de 2013 - Visto 2114 veces Deja un comentario Ir a los comentarios

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Los Martes Vegetales

Por Ismael Rozalén

(I)

-No podemos permitir –dijo el concejal elevando el volumen de sus palabras-, insisto, no podemos permitir –dio un golpe en la mesa con la mano abierta- que el colesterol se esté llevando a los mejores, coño. Así que, como iniciativa pionera en el territorio español y, que yo sepa, incluso más allá de nuestras fronteras, hemos decidido instaurar los Martes Vegetales como motor de desarrollo de la buena salud local y, si me apuran, comarcal. Buscamos, como siempre, la calidad total del ciudadano.

La noticia fue dada al detalle por la prensa local, con especial repercusión en el Pensador Iracundo, un periódico semanal fundado por Ramón Galaviz, rico empresario constructor de la ciudad y amigo de toda la vida del padre del concejal en cuestión. La información, en forma de entrevista, estaba ilustrada con una foto vertical a cuatro columnas en la que aparecía el edil, sentado en un cancho, con dos lechugas, una en cada mano, y una zanahoria en la boca. Al fondo, huertas cercanas al río. Éste es un extracto de la conversación publicada bajo el título Contra el colesterol, lechuga sin aliñar, firmada por Leonardo Mantecado -sí, la vida es una constante paradoja- : ¿Y exactamente qué se hará los martes?

-Bueno, exactamente, como usted dice, aún no lo sabemos, pero sí estamos seguros de que será un éxito. Piense usted que entre tanta campaña anti-tabaco, tanto vigilar la emisión de gases contaminantes y tanta lucha contra la droga, a ningún organismo público se le ha ocurrido todavía lanzar un ataque directo contra el colesterol como motor de desarrollo de la salud total de sus ciudadanos.

-¿Pero la idea aún no está desarrollada?

-Más o menos, sí. Vamos a ofrecer un concierto semanal en el parque de San Fulgencio en el que se repartirán ensaladas a todos los asistentes. Todo gratis, todo sin coste. Eso sí, y lo digo desde ahora tajantemente, estará terminantemente prohibido el aliño de cualquier clase. Cuando decimos que queremos desterrar el colesterol de nuestra ciudad lo decimos con seriedad y contundencia. Nada de grasas. Nuestro lema, que ya tenemos patentado, por cierto, es: la ensalada sin aliño para la vida es un guiño. Y luego, claro, está la música, hemos pensado en músicos fríos, del estilo de Art Tatum, para que la cosa se revista de cultura de la de verdad.

(II)

A Rafael Bardajino, el concejal, le sudaban las manos en exceso en momentos de nerviosismo. Allá donde se posaban dejaban un rastro mojado, frío y ácido, de manera que en estados de máxima tensión no podía siquiera sostener con la contundencia necesaria un bolígrafo para escribir, y cuando esto sucedía encontraba un secante de urgencia en su barba, que tras varias horas de hacer las veces de toalla tomaba una apariencia sólida y sucia, como si en lugar de estar formada por pelos fuese un postizo de cartón piedra, el complemento artificial de un disfraz de rey mago de barrio de poco presupuesto.

Aquella noche, sentado en la cocina, con el Pensador Iracundo abierto por las dos páginas que contenían su entrevista, sus manos iban dejando, como fuentes serranas, regueros de sudor por toda la mesa a la vez que él leía y releía el texto y miraba y remiraba la foto sin encontrar un rastro de disparate en la ocurrencia, sino más bien un trampolín hacia un nivel superior en la política, una idea llena de posibilidades, un motivo, sin duda, para la envidia del oponente e incluso del compañero de partido. Prepárate, se dijo a sí mismo en calzoncillos junto a la nevera, para que te den por todos los lados, Rafael, pero vamos a superar los obstáculos uno por uno con dos cojones como los del caballo de Espartero, que en paz descanse. Tras ello, abrió el frigorífico y devoró una generosa porción de tiramisú.

(III)

El ayuntamiento estaba situado en el punto más alto de la ciudad. El alcalde observaba desde las enormes cristaleras de su despacho el ir y venir de los coches y la gente, el ajetreo diario de sus habitantes. Sin dificultad, se divisaban los últimos barrios y el comienzo del campo, los primeros kilómetros de las carreteras que comunicaban la localidad con el resto del mundo. No en vano, el edificio se había construido sobre los restos de lo que fuera una fortaleza medieval, colocada en su día allí por las ventajas defensivas que ofrecía el enclave. Así que, Nicasio Amador, el alcalde, número uno y fundador del partido Liberal y Conservador Europeo Occidental –LYCEO, ganador por mayoría absoluta de las últimas cinco elecciones siempre con el lema un hombre un voto, una mujer otro voto (sic)- se sentía como el señor de sus súbditos, y poco le importaban ya todas las críticas y denuncias políticas que había tenido que aguantar años atrás por haber levantado el edificio consistorial sobre unas ruinas que no hacían más que estorbar.

Sonó el teléfono y el alcalde se apartó de la cristalera, lo cogió y dijo: dile que pase, que pase. Se abrió la puerta y con andar decidido, y ciertamente anátido, entró Bardajino, ofreciendo por delante de sus pasos la mano derecha: húmeda, blanda, fría, repegajosa, de niño que acaba de comerse un helado. Ambos se sentaron y el concejal comenzó a pasarse sus manos por la barba.

-Si no te echo ahora mismo a la calle y te mando a tu casa con una mano delante y otra detrás –dijo el alcalde para abrir boca-, es por el respeto que le tengo a tu padre, que si se levantase de su tumba te habría dicho ya un par de cositas.

-Alcalde…

-Calla esa boca y escúchame. Hace dos años tu madre vino a verme y me pidió por la amistad que nos une que te metiese en la lista, que te hiciese concejal, que te liberase con un buen sueldo, porque no sabía qué hacer contigo. Y yo lo hice, Rafael. Lo hice. Ahora, a ti se te ocurre una gilipollez que no tiene ni pies ni cabeza y la aireas a los cuatro vientos.

-Nicasio…

-Calla, por Dios. Convocas una rueda de prensa en la que dices que vas a dar lechuga a diestro y siniestro en un parque, porque el colesterol se lleva a los mejores. ¿Pero tú estás tonto?, ¿tú te drogas, Rafael?

-Yo no, alcalde.

-Pues peor me lo pintas. Encima, ayer me encuentro una foto tuya en el periódico de Galaviz en la que te veo con una zanahoria en la boca y una lechuga en cada mano. Pero tú qué eres, desgraciado, ¿un conejo?

El concejal permanecía sentado, cabizbajo y amedrentado, pasándose con insistencia las manos por la cara, sintiendo cómo le resbalaban las gotas de sudor por las axilas y morían, centímetros después, en el abundante vello que le cubría la barriga y las caderas. El alcalde se levantó y se puso a mirar por el ventanal.

-Desde las ocho de esta mañana mi secretaria no para de atender llamadas de teléfono… ¿y sabes de quién? Tenemos a toda España pendiente de tu estupidez: televisiones, radios, periódicos nacionales… todos están como carroñeros con las jodidas lechugas sin aliñar. Esto es ridículo, Rafael, esto es una vergüenza. Pero, ¿sabes? ¡Quítate las manos de la cara, coño, que te estoy hablando! Lo vas a hacer y yo voy a ver cómo te despellejan, sin tener que mover de un dedo. Y ahora lárgate de aquí y vete a hablar con José María, dile lo que necesitas. No quiero saber nada de esto. Es cosa tuya.

(IV)

La rutina se va comiendo el entusiasmo hasta que en un momento indefinido lo hace desaparecer sin dejar ni rastro. Rafael ocupó el primer día de legislatura su pequeño despacho con la certidumbre de que desde allí iba a hacer grandes cosas, cosas enormes: campamentos gratuitos para los hijos de familias sin recursos, campañas de alfabetización para mayores, reparto de alimentos a los sin techo, maratones a beneficio de alcohólicos anónimos. Luego, tomó posesión del cargo y le metieron en un despacho en el semisótano del edificio, muy lejos de todos los compañeros de gobierno, en un cuchitril al que se llegaba tras bajar unas escaleras que no conducían a ningún sitio más que allí. Cada mañana, entraba a las nueve y cuarto en él, con dos periódicos en la mano que comenzaba a leer por las páginas locales para enterarse de lo que sucedía en la ciudad, porque lo cierto era que en el ayuntamiento nadie le dirigía la palabra más que para hablar del tiempo, del partido de ayer o, en general, de cualquier otra cosa que no tuviese la menor trascendencia. Después de la lectura, se quedaba mirando la ventana apaisada de cristales traslúcidos por la que únicamente se veían pasar las siluetas de los zapatos de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Los días de lluvia se filtraba agua, y entonces se entretenía buscando la forma de parar el reguero con papeles y otros utensilios que iba colocando de esta o aquella forma a modo de barrera de contención con lógica infantil. Algunas jornadas, echaba la mañana en Internet, pero eso acabó pronto, cuatro o cinco semanas después de instalarse, cuando llegó un ordenanza y se llevó el ordenador alegando órdenes de la concejalía de Nuevas Tecnologías por motivos logísticos. El aparato no volvió, y él tampoco se atrevió a preguntar. Nada que hacer. Ni una sola tarea más que esperar a que pasasen las horas y llegasen las tres de la tarde para regresar a casa, donde le esperaba su madre y una perrita mestiza llamada Salomé.

(V)

El concejal llegó aquella mañana a las nueve menos cuarto, media hora antes de lo acostumbrado, bajó con excepcional decisión las escaleras hasta su zulo, abrió la puerta y la visión le produjo un sobresalto: el ordenador había vuelto y lo había hecho, además, con notables mejoras: monitor plano, teclado y ratón inalámbricos, aspecto profesional. Si yo no fuese un narrador omnisciente, no lo podría saber, pero como lo soy, puedo decir que, al encontrarse con el equipamiento informático, por la cabeza de Rafael pasó, como un rayo, en un instante fugaz, esta frase: desdesanturceabilbaovengoportodalaorilla. La razón, no la sé, pero así ocurrió. Son los misterios de la vida.

Al sentarse, reparó en que encima de la mesa había un sobre. Lo abrió y leyó: estimado Rafael, según indicaciones del señor alcalde, me pongo a su entera disposición para lo que usted mande. Como sabrá, desde hoy soy su nuevo secretario, aunque sigo teniendo el despacho donde siempre, en la segunda planta, junto al del aparejador municipal. Hoy estaré todo el día fuera, marcho de viaje a madrid, y no regresaré hasta por la noche. Le llamé a su móvil esta mañana, pero estaba apagado o fuera de cobertura. Mañana nos vemos. Un saludo. José María Sinfonier.

Ordenador y secretario. Aquello iba viento en popa, más rápido de lo que él había imaginado. Ya conocía las cosas del alcalde, siempre altivo y soberbio, queriendo quedar en todo momento por encima. Pero no había tenido más opción que admitir que la idea tenía futuro, tenía gancho, tirón, posibilidades de promoción nacional. Eso de lo vas a hacer y yo voy a ver cómo te despellejan sin tener que mover de un dedo no era más que un y hazlo bien, por favor, en el lenguaje del resto de los mortales, una manera como otra cualquiera de meter presión. Pero él sabía jugar bajo presión.

Sacó el pañuelo de un bolsillo del pantalón y se secó las manos. Es el momento, se dijo, de hacer un listado de necesidades prioritarias.

(VI)

Las calles del centro eran estrechas, empinadas, laberínticas como un zoco, se cruzaban unas con otras, giraban, subían, bajaban, terminaban y comenzaban al tiempo… daba la sensación de que hubiesen sido diseñadas para andar por ellas hasta desaparecer, hasta que uno no supiese donde está, que en ocasiones puede significar no saber quién se es –y esta es una de esas ocasiones-. Camino a casa, Rafael seguía dando vueltas a lo que se precisaba con urgencia para comenzar -tras cuatro horas delante de su nuevo ordenador, la lista estaba compuesta por: lechugas, cuencos, sillas y escenario-. Se sentó en un banco de granito para darse un descanso y coger aliento a aquellas horas de un día de finales de junio. Se imaginó delante de la comisión de seguimiento de los martes vegetales, vestido con un traje de color azul banesto, exponiendo el proyecto con soltura. Y se veía, se veía. Se imaginó dirigiéndose resuelto al alcalde, pasándole la mano por encima del hombro, con una copa de vino en la mano –que le había llenado una bella señorita-, comentando el éxito de afluencia de público, lo bien que había comido la gente, la satisfacción de los aplausos finales y, sobre todo, la vergüenza que había sentido al escuchar a la masa gritar que salude el concejal. Y se seguía viendo. Entonces, en aquel sobre esfuerzo intelectual, se le encogió el estómago, cerró los ojos, inclinó su tronco hacia delante, apretó los puños y vomitó.

(VII)

-No llores, matilde, hazme el favor, no desesperes. Tengo a la policía peinando toda la zona. Palmo por palmo, metro a metro. No pasa nada -el alcalde se metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de pañuelos de papel-.

-Sécate esas lágrimas, mujer. Esto no es más que una chiquillería. Estará con los amigotes, qué sé yo, de putas. Ya verás cómo luego nos reímos.

-Qué amigotes, si no tiene, si este muchacho es raro hasta para eso.

-Bueno, bueno, tú estate tranquila que aparecerá, y verás como te da una explicación razonable y todos tan contentos. Es joven, mujer, tendrá algún lío, alguna muchacha de por aquí…

-Qué muchacha, nicolás, si yo creo que éste es de la otra acera.

-Eso, matilde, no lo digas ni en broma.

-Diez días, diez días sin saber nada de él, sin saber si está vivo o muerto.

El alcalde, al escuchar la última palabra, se levantó de su sillón, se aproximó a la mujer, puso las manos en sus hombros, la miró fijamente y, en tono grave, teatral, le dijo: está vivo, matilde, tu hijo Rafael está vivo y yo te lo voy a traer de vuelta a casa.

(VIII)

Bajo un aliso grande y frondoso, que tenía parte de sus raíces metidas en el agua de una garganta, había construido el concejal su cama con helechos y escobas. Después de caminar durante tres días llegó allí y consideró que era un buen lugar: una vaguada escondida, de difícil acceso, mucho más arriba de las zonas donde la gente se iba a bañar y a pasar el día con tortillas de patatas y termos. Sólo cuando el viento era favorable, llegaban, muy atenuados, los gritos divertidos de los bañistas, el nombre de algún niño al que su padre ordenaba que saliera del agua inmediatamente. Por lo demás, silencio: el runrunear del agua, los pájaros cantando, insectos que pasaban junto a sus oídos cuando estaba tumbado en una peña, el relinchar de un caballo que solía pastar por allí.

Durante el día él también se bañaba, tomaba el sol, escuchaba la radio en el pequeño transistor a pilas que se llevó consigo, y, sobre todo, ideaba la manera de poder permanecer allí lo que le quedaba de vida. No había llevado mucho, más que nada para no infundir sospechas de su huída, porque en el fondo le parecían divertidas las conjeturas que se estarían haciendo en la ciudad sobre su desaparición. No, no hubiese estado bien haber hecho una maleta y haber dejado una nota, era mucho más indicado desaparecer, esfumarse dejándoles a todos pensando ¿qué habrá sido del bueno de Rafael? El misterio inexplicable de la ausencia.

El problema de la comida hubo que solucionarlo. Los primeros días tras su llegada los empleó en reconocer el terreno –en situarme geográficamente, según sus palabras- y descubrió que a unos cinco kilómetros, al otro lado de la falda de la montaña en la que estaba instalado, había un pueblo. Desde que lo vio no paró de darle vueltas a la cabeza buscando el sistema de comprar comida sin levantar sospechas. Era fácil suponer que le estarían buscando. Así que, cuando las latas de callos a la madrileña y de espárragos al natural que se llevó comenzaron a escasear, Rafael supo que, o volvía a casa, o bajaba al pueblo. Y era preferible bajar al pueblo. Había que escoger una hora adecuada, pero ninguna parecía buena. Si había analizado bien la situación, aquel lugar sería de mucho turismo. Ya se sabe que los madrileños invaden esta comarca en verano, y más aún a mediados de julio. Pero los forasteros no le preocupaban. El riesgo era encontrarse con algún conocido o, siendo más retorcido, aunque no descabellado, con una foto suya colgada en una pared del ultramarinos, como si fuese un pistolero a sueldo en busca y captura en el lejano oeste americano. Si, como era seguro, se habían sumado la pesadez incansable de su madre y los métodos de actuación del alcalde, nada podía descartarse.

(IX)

Unas cuantas horas después de meterse en la cama, matilde seguía dando vueltas sin poder dormirse. El gran ventanal de la habitación, que daba al jardín de la casona familiar, estaba completamente abierto y el aire que entraba por él tenía textura espesa, densa, pastosa, de una humedad vegetal que hacía más costosa la respiración de la mujer. ¿Dónde estaba su hijo?, ¿estaba vivo?, ¿lo habían matado?, ¿había huido con una fulana?, ¿con un hombre?; si se había ido voluntariamente, ¿por qué lo había hecho?, ¿se habría vuelto loco? Y, lo más importante: ¿había sido ella una mala madre? Las preguntas iban, volvían, golpeaban su cabeza una y otra y otra vez. Una mala madre, una mala madre, una mala madre.

Matilde agarró la campana de la mesilla y la agitó con fuerza a la vez que gritaba: Sonsoles, Sonsoles. La muchacha apareció en la habitación al momento, despeinada y en pijama, asustada.

-¿Qué ocurre, señora?, ¿qué pasa?

-Sonsoles, Rafael está muerto, lo sé. Nos lo han matado.

(X)

Rafael estaba agachado junto a una jara pringosa con la que se había mimetizado. Llevaba allí cuatro horas estudiando la situación –analizando el terreno y sus pobladores-. Desde aquel lugar observaba la puerta de entrada a un ultramarinos llamado Liverpool, ultramarinos Liverpool. En ese tiempo, se había dedicado a medir la frecuencia con la que entraban y salían los compradores, así como el número de coches por minuto y los peatones que pasaban por delante de su puerta. Según se iban acercando las dos de la tarde, el ir y venir de la gente disminuía. El concejal sacó de un bolsillo de sus calzonas un pañuelo, se secó las manos y la frente, resopló y se dijo: ahora es el momento, o es ya o es nunca. Pudo haberse matado al incorporase. De tanto tiempo en cuclillas, al levantarse le dio un mareo espantoso que le hizo perder las referencias espaciales y fue dando traspiés durante veinte metros hasta que de nuevo, ayudado por el palo que sujetaba con su mano derecha, recuperó el equilibrio. Entonces permaneció quieto unos segundos, anduvo treinta o cuarenta pasos y entró en la tienda de nombre anglosajón.

-Buenas días, señor –dijo con exagerado acento inglés, dudando en cada sílaba-.

-Hola, buenos días, amigo.

-¿Esto es una tiendo?

-Un ultramarinos, sí, una tienda, un comercio –le contestó el hombre hablando muy alto, como se suele hablar a los extranjeros con la injustificada esperanza de que al subir el volumen entiendan mejor el idioma-. ¿Qué quería usted?

-Lo sienta, yo no comprender bueno el español.

-Que si quiere algo, al-go, ¿querer tú algo?

-Ah, sí… yo querer…

Empezó a señalar botes de salchichas, piña en almíbar, pan, embutidos, galletas, leche, conservas de pescado… El tendero respondía a cada petición de Rafael con obediencia y con parsimonia, sirviéndose a veces de un gancho para alcanzar alguna lata que estaba colocada en las baldas más altas.

-Así que ha venido usted a ver el pueblo. Pueblo bonito, ¡bonito!

-Oh, sí, bonito, todo bonito, mucho bonito pueblo.

-Iglesia muy antigua. Iglesia, antigua, muchos años iglesia.

-Oh, sí, iglesia mucho antigua. Bonita.

-Y fuente típica en la plaza. Agua muy buena para reuma.

El concejal se impacientaba. Aquel hombre estaba empeñado en darle conversación y prolongaba su estancia en la tienda más de lo que él tenía planeado. Haberse hecho pasar por extranjero había sido una idea brillante, desde luego, pero no estaba dispuesto a mantener una conversación con el tendero sobre las excelencias del lugar en aquel lenguaje absurdo. Cuando ya había pagado, con las bolsas en las manos para salir de establecimiento y se despedía del tendero, se abrió la cortina y entró un niño moreno, delgado, vestido sólo con un bañador azul.

-Coño, mira, mi nieto Carlos. Este señor es extranjero, Carlitos. Mi nieto –dijo mirando a Rafael-, es mi nieto mayor y estudia en el seminario para ser cura, cu-ra –según lo decía, juntó sus dos manos en un gesto pío y miró al techo-. Cu-ra, sa-cer-do-te.

-Ah, cura, bueno cura, muy buena.

Rafael intentaba driblar al niño que permanecía delante de la puerta obstaculizando su salida y de pronto sintió la mano grande y áspera del hombre en su hombro que le retenía.

-Carlitos, aprovecha y habla con él inglés, así practicas, coño. Dile algo.

El niño, muy serio, le miró y le dijo: where are you from?

Se hizo un silencio. Un silencio muy largo. Un silencio interminable. El concejal no tenía ni idea de inglés. Nada. Se vio condenado. A esa pregunta sí llegaba, ¿de dónde eres?, pero poco más, my name is Rafael, y para de contar.

-Liverpool.

-Anda abuelo, que dice que es de liverpool.

-Coño, no me digas. ¿Cómo no lo ha dicho usted antes? Dile a tu madre que venga, Carlitos, que se va a llevar una alegría.

El niño salió corriendo y, un segundo después, Rafael hizo lo mismo y ya no paró hasta que llegó al aliso grande que tenía metida sus raíces en el agua de la garganta. Al sentarse sin aliento a la sombra del árbol todavía le resonaban las voces del tendero: ¡pero, no te vayas, hombre, que mi hija ha vivido seis años en tu ciudad, pero, coño, vuelve aquí, que le va a hacer ilusión!

(XI)

El rumor es invasivo como la hiedra. Crece a una velocidad que asusta, se extiende por razones que son difíciles de entender. Como la planta, en ocasiones se siembra intencionadamente, pero otras veces la semilla cae al suelo sin saber de dónde procede, cuál fue el viaje que hizo hasta llegar allí. Y una vez que cae, a poco que llueva, brota, trepa, se come paredes, árboles, casas. Lo peor es que podar la hiedra sólo conduce a dotarla de más fuerza y, por tanto, de mayor poder invasor. No siempre que el río suena lleva agua, es posible que sólo sea una grabación.

Desde aquella madrugada en que Matilde llamó a gritos a Sonsoles, su criada, y le aseguró que Rafael estaba muerto, Rafael murió. Se decía en los bares, en el ayuntamiento, a la salida de misa, entre los hombres que paseaban de un lado a otro de la plaza con las manos en la espalda.

-Sabes este muchachito que era concejal, Rafael, Rafael Bardajino…

-El que desapareció hace cuatro o cinco semanas, el de las lechugas.

-Ése.

-Uy, menudo pájaro, ése ha trincado la pasta del ayuntamiento y estará ahora en el Caribe, con las negras.

-Qué va, si lo mataron.

-No me digas.

-Vaya.

-Pobre muchacho, tenía pinta de buena persona.

(XII)

Aunque la cama de helechos y de escobas que se había construido era amplia y mullida, la pendiente del terreno obligaba a bardajino a dormir cada noche en una extraña posición cuasi fetal, apoyando la espalda en el aliso para evitar caer rodando hasta la garganta, de tal manera que todas las mañanas despertaba lleno de dolores y contracturas y sus movimientos en los diez minutos posteriores a la resurrección matinal eran robóticos y acalambrados, de paralítico que tras el milagro mariano se levanta de su silla de ruedas y camina hacia las monjas presentes con asombro y miedo de derrumbarse de nuevo y para siempre. Como podía, se quitaba las botas de montaña, los calcetines, las calzonas bolsilleras, los calzoncillos, el jersey y la camiseta y se dirigía, como un frankenstein desnudo recién llegado a la vida, hacia el agua, llevando sólo consigo un tubo de leche condensada que chupaba con hambre y placer mientras se iba introduciendo muy poco a poco en el charco. Luego, nadaba hasta llegar al chorro de agua que caía con fuerza entre dos rocas y, metido en el hueco que quedaba entre la piedra y el torrente, gritaba, poseído por el fulgor natural, canciones que se inventaba sobre la marcha y que, en su mayoría, trataban sobre él mismo y respondían a una rima a-a b-b –se fue de la ciudad/ porque no había caridad,/ y ahora es un tarzán/ bueno como el pan,/ o sí, sí, sí, por ejemplo-. Después, el día se pasaba tomando el sol, saltando de peña en peña, intentando pescar con un palo afilado por uno de sus extremos, repasando con la navaja suiza la punta de este palo, cortando nuevos helechos para la cama, explorando con sigilo el monte, recontando las provisiones -que cada jornada estaban más mermadas-, intentando sintonizar alguna emisora de radio en onda corta, acordándose de su madre y del alcalde y de su perrita Salomé y de una vez que su padre le dijo muy serio: Rafael, eres inútil de cojones.

(XIII)

El comisario se alejó unos metros del cadáver, se quitó la mascarilla de la cara y contuvo una arcada disimuladamente. Luego, sacó un paquete de tabaco del bolsillo de su camisa, encendió un cigarrillo y se sentó en el capó de un coche, al lado de uno de los policías.

-¿Quién nos ha avisado?

-Aquel hombre nos llamó con su móvil. Paseaba con su perro por aquí y vio el cuerpo flotando, enganchado en aquellas ramas.

-¿Sabemos quién es?

-¿El hombre?

-El cadáver.

-Va a ser difícil. No lleva en el agua un día ni dos: la cara, las vísceras, las manos y los pies se los han comido los peces y las ratas.

-¿Apareció desnudo?

-Sí, completamente. Como lo ha visto usted ahora es como estaba.

-¿Y qué sabemos de ése?

-¿Del cadáver?

-No, del del perro.

-Es de aquí, jubilado. Dice que vio algo flotando y que al principio pensaba que era un saco.

-Dígale que venga.

El agente se levantó desganado, cargando el esfuerzo de la incorporación en las caderas. A medio camino le hizo al hombre un gesto con la mano para que se acercase, señaló después con el dedo índice al comisario y se puso a hablar con uno de los compañeros. El jubilado comprendió el mensaje: tenía que ir desde donde estaba hasta donde estaba aquel otro señor fumando.

-¿Sabe usted quién soy yo?

-Sí, señor comisario, es usted el señor comisario.

-Eso es. Usted es el que nos ha llamado por teléfono, ¿verdad?

-Sí, señor, con el móvil de mi hija.

-¿Su hija iba con usted?

-No, es que yo no tengo móvil y cuando salgo a pasear me lo deja mi hija. Dice que por si me pasa algo. Ya ve usted.

-Usted está jubilado, ¿no?

-No señor.

-Pues tenía entendido que sí. Eso le ha dicho usted a mis compañeros.

-No señor, soy pre-jubilado. Yo trabajaba en iberdrola y hubo una regulación laboral, ya sabe. Pero todavía no tengo edad para jubilarme.

-Ya… bueno, eso da igual.

-Según se mire.

-¿Cómo?

-No es igual tener cincuenta y ocho que sesenta y cinco.

-Ya. ¿Y cómo es que se encontró usted con el cadáver?

-Bueno, más que yo fue Valdés.

-¿Quién es Valdés?

-Mi perro. Éste es Valdés. Salió corriendo y se paró allí, en aquellas ramas. No dejaba de ladrar, como asustado, así que me acerqué y me encontré con lo que me encontré, aunque primero yo creía que era un saco con algo muerto dentro, eso sí, porque desde quince metros antes ya olía a muerto. Pero, qué sé yo, me figuré que sería algún perro o algunos gatos que habrían ahogado y metido en un saco. Pero luego me di cuenta que no era arpillera, sino piel, piel hinchada y como gris. Muy desagradable.

-¿Y había alguien por aquí?

-Nadie, señor comisario. Por lo menos yo no vi a nadie. Por aquí, sabe usted, pasa poca gente, a la gente le gusta pasear más arriba. Tan abajo, tan abajo, poca gente. Algunos drogatas veo de vez en cuando.

-Ya. Luego le llamaremos para que pase usted por comisaría. No se vaya muy lejos.

-¿Cómo muy lejos?

-Que esté usted localizable, quiero decir.

-Sí, no se preocupe, hoy le digo a mi hija que me deje el móvil todo el día.

-Bien, eso está bien.

-¿Algo más?

-Nada, nada, puede usted irse.

(XIV)

No era cuestión, insistía el forense, de adjudicar definitivamente una identidad a un cadáver, descompuesto y sin huellas ni rostro, porque una mujer asegurase que era su hijo con el único argumento de que ella lo sabía porque lo sentía en sus entrañas. Existían, razonaba una y otra vez, métodos científicos que permitían saberlo con total certeza, sin que tuviese que sustituirse el empirismo por la intuición. Lo defendió sin descanso hasta que el alcalde le agarró por el cuello y le dijo: tu madre, hijodeputa, te reconocería a ti aunque te sacasen carbonizado de un edificio en llamas; la misma madre, por cierto, que un día vino a verme para que hiciese lo que estuviera en mi mano para que tú trabajases aquí. Si esa mujer dice que ese cacho de carne podrida es su hijo, es su hijo, ¿queda claro o te lo explico otra vez? El forense intentó decir queda claro, pero sus cuerdas vocales estaban inutilizadas por la presión de la mano de su agresor y sólo pudo mover, muy ligeramente, la cabeza de arriba abajo como gesto de afirmación y absoluta conformidad con el método intuitivo.

(XV)

Las condiciones del cadáver impedían velarlo y la presencia física se había sustituido por una foto del concejal el día de su primera comunión en la que, para más detalle, aparecía vestido de almirante, mirando hacia un imaginario horizonte, con una mano sobre los ojos haciendo de visera. Matilde permanecía sentada en un sillón y desde allí, sin apenas incorporarse, abrazaba a quienes se acercaban a ella para decir te acompaño en el sentimiento. Pero el sentimiento de matilde era complejo y difícil de acompañar. Cada poco tiempo, le daban breves ataques de histeria que eran atendidos por un policía municipal enviado al lugar a modo de avanzadilla de la corporación municipal y que había sustituido su arma reglamentaria por un abanico con el que daba aire en el momento oportuno.

Cuando el alcalde y su séquito entraron en el salón, Matilde se repuso de inmediato del ataque por el que estaba siendo atendida en ese momento, avanzó y se abrazó a Nicasio Amador.

-Júrame ante Dios –le gritó sollozando-, que se va a cumplir la última voluntad de Rafael.

-Lo juro –respondió el alcalde como salida de urgencia, sin saber muy bien qué estaba jurando-.

(XVI)

Apoyó la mano derecha sobre la cama de helechos para sentarse y sintió un pinchazo horrible, una aguja de punto entrando por la palma y subiendo por la muñeca y el antebrazo. Al levantarla, vio un alacrán que se escondía bajo las hojas y desaparecía rápidamente. Chupaba y escupía, chupaba y escupía, pero no parecía funcionar, el dolor era cada vez mayor y toda la extremidad comenzó a hincharse y a perder color, como si la sangre estuviese desapareciendo. Después, confuso, aturdido, vencido por los nervios, intentó, en vano, ponerse en pie. En pocos minutos estaba tiritando, sin poder siquiera pedir ayuda a voces, la lengua se le había hinchado de tal forma que no le era posible hablar, y la fiebre le tenía noqueado. Al caer la noche, un astronauta bajó del aliso y le dijo: soy José María Sinfonier, ya pensaba que nunca iba a encontrarle, estamos esperándole, creíamos que le había secuestrado la contra nicaragüense, incluso su madre se ha ido a nicaragua, en canoa, ya ve, ella es así, y usted también es así, ¿le apetece un caramelo?, ¿una lechuga quizás?, si quiere tengo aparcada una nave espacial ahí al lado, es una x-wing, podemos regresar a casa en un momento, tal vez quiera hacerlo, usted tal vez quiera regresar, ¿le apetece regresar?, nicaragua es sandinista y, sin embargo, usted no es nicaragüense, qué lástima, qué lástima, nos ha tenido tan preocupados. Ha llegado la hora de volver, Rafi.

(XVII)

Entonces, tras escuchar al astronauta Sinfonier, se le encogió el estómago, cerró los ojos, inclinó su tronco hacia delante, apretó el puño sano y vomitó.

(XVIII)

Era tan fuerte el deseo de regresar, el ansia de volver, que, desde que abandonó el aliso grande, bardajino ni siquiera había considerado qué explicaciones iba a dar al llegar a casa, al abrir la puerta y ver a su madre. Es verdad que el efecto del veneno no había desaparecido aún del todo y se sentía un poco aturdido y que, además, a esto se sumaba el esfuerzo físico desmesurado, las horas y horas de caminata, primero por el monte y luego por la carretera, a pleno sol, andando sobre el asfalto ardiendo que formaba espejismos, cortinas apocalípticas de plasma caliente, alacranes gigantes y transparentes en determinados cambios de rasante.

Cuando las luces de la ciudad aparecieron a lo lejos, Rafael comprendió que ya no había marcha atrás y su mano buena se dirigió como una flecha a su larga barba de náufrago en una garganta.

(XIX)

Estaba decidido: avanzaría lo más rápidamente posible por la avenida en la que terminaba el puente de entrada y después se internaría por el laberinto de callejuelas como si fuese un turista perdido, un ciudadano de liverpool en país extraño que busca su hostal cuando cae la noche. No tenía por qué reconocerle nadie, los tres meses de exilio le habían cambiado físicamente: estaba más delgado, el pelo y la barba habían crecido considerablemente, el color de su piel era más oscuro, llevaba un brazo en cabestrillo… Sin embargo, al poco de enfilar la calle, bardajino empezó a sentir las miradas de la gente que se cruzaba con él, de las personas que paseaban por la acera de enfrente, incluso le daba la sensación de que los conductores aminoraban la marcha de sus vehículos para observarle mejor y, en lugar de seguir su plan, giró a la izquierda y se internó en un parque en un intento de evitar la identificación ciudadana y, en consecuencia, el bochorno.El parque era grande y selvático, un lugar frecuentado a aquella hora del día por matrimonios, embarazadas paseantes, familias con niños pequeños, jubilados en busca del frescor del río, algún ciclista, corredores infatigables: el bullicio vespertino, una ratonera para el concejal que se dio cuenta de que había sido peor el remedio que la enfermedad y, en cuanto tuvo ocasión, se agazapó y camufló en unos arbustos con la esperanza de no tener que permanecer allí más de un par de horas hasta que aquel territorio se despoblase y pudiera retomar de nuevo el camino a casa en secreto.

(XX)

Según pasaban los minutos, la luz de las farolas iba ganando a la del sol y el concejal se sentía cada vez más seguro en la penumbra de su refugio vegetal. Ciertamente era difícil que pudiesen verle allí escondido, a no ser que alguien se acercara hasta el arbusto y mirase con detenimiento más allá de la protección que ofrecía el ramaje. Así que Rafael comenzó a interesarse por el entorno cada vez con mayor despreocupación y observó que los caminantes iban a parar a unos ciento cincuenta metros de donde estaba él, como si en aquel lugar sucediese o se esperase que sucediera algo. Picado por la curiosidad, asomó la cabeza y dedujo que, efectivamente, algo estaba a punto de acontecer, porque se había instalado un enorme escenario, un escenario de madera iluminado generosamente por focos de colores y sobre el que estaban colocados altavoces enormes. Música variada –antesala, sin duda, del espectáculo-: canciones regionales, los éxitos del verano, Paulina Rubio, los Panchos, Luis Miguel. No había casi nadie paseando por los caminos del parque y los que lo hacían era para dirigirse hacia el lugar del acontecimiento.

Se apagaron las luces, cesó la música y un foco iluminó intensa y selectivamente a un hombre. Todos sabemos por qué estamos aquí –dijo leyendo un papel-, no hace falta explicarlo, porque esto es un homenaje, un último adiós, un tributo a alguien que no tuvo nunca que haberse ido… siempre se van los mejores. Cuando Rafael cayó en la cuenta de que quien hablaba era nicasio amador, el alcalde, una inmensa pancarta, situada en el fondo del escenario, se desenrolló mostrando una foto suya, la misma que ilustró en el pensador iracundo la entrevista en la que explicaba con detalle su proyecto de los martes vegetales. Aplausos. Su madre vestida de negro recogió un ramo de flores que le entregó un niño uniformado con el traje tradicional; josé maría sinfonier se acercó al micrófono y dijo: por favor, ya se pueden repartir las ensaladas; muchachas se movían entre el público regalando bolsas; un coro de escolares –resaltados por un foco verde- entonaba con voz chillona adiós con el corazón que con el alma no puedo; sobre una pantalla de tela blanca se proyectaba un fotomontaje de Rafael en el que se repasaba su vida desde el bautizo hasta poco antes de su huída mortal; fotógrafos de la prensa local se movían de un lado a otro retratándolo todo; una poetisa emocionada recitó: quiero en este papel,/ homenajearte, Rafael,/ de todos eras el mejor,/ el que siempre dio más amor,/ me dijeron que te habían matado/ y poco después apareciste ahogado.

(y XXI)

Tardó un rato en dar por seguro que aquello no era una alucinación, nada que ver con el alacrán, ningún espejismo consecuencia de la fiebre, el cansancio y el miedo al regreso. Cuando su madre se acercó al micrófono y dijo Rafael, donde quiera que estés, sabes que he sido una buena madre para ti, el concejal salió del refugio, echó a correr hacia el gentío y se plantó, abriéndose paso a codazos, sobre el escenario. Matilde, que estaba en esos momentos apoyada en el hombro del alcalde soportando su extremo dolor, miró hacia el bulto que se dirigía hacia ella y se estremeció.

-Madre, he vuelto.

Mientras la Cruz Roja atendía a la mujer –que cayó redonda sobre la tarima tras la impresión-, Rafael cogió el micrófono y se dirigió al público, que estaba tan desconcertado que no acababa de entender qué estaba sucediendo y quién era ese hombre que había aparecido de repente.

-Sí, soy yo, Rafael Bardajino, no os asustéis. Sé que me habéis estado esperando todos los días. Sé que siempre habéis creído en mí, en mis ideas, en mi ilusión, en mi proyecto vegetal. Y sé que por eso estáis aquí hoy, porque os sale del corazón, que es de dónde salen las cosas verdaderas. Pero yo no habría vuelto de no ser por este hombre –avanzó hasta donde se encontraba josé maría sinfonier, le agarró por un brazo y le hizo situarse, con él, en mitad del escenario-. Él me trajo de nuevo hasta aquí y junto a él voy a hacer grandes cosas. Se terminó la miseria en esta ciudad, se acabó el colesterol por estos barrios. Juntos vamos a lograr ser los mejores. Estamos bien porque estamos vivos, y vivos vamos a seguir durante mucho tiempo. Os quiero, ¡os quiero! ¡Todos los martes serán vegetales! Rafael agarró una mano a josé maría sinfonier –que no sabía bien hacia dónde mirar ni qué hacer- y la levantó como lo hace el árbitro con el boxeador ganador del combate. Ante aquel gesto de inequívoca victoria la gente gritó enfurecida Rafael, Rafael, Rafael y Rafael dijo que venga el alcalde, que venga el alcalde, y el alcalde fue y a él también le levantó el brazo y los tres comenzaron a botar y con ellos la gente mientras tiraban hacia arriba pedacitos de lechuga y zanahoria y la madre moría sin que nada pudiera hacer el voluntario de la Cruz Roja que intentaba revivirla mediante técnicas de respiración asistida aprendidas en un cursillo de primeros auxilios.

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